Cuento de Carmen Mª Guerrero Molina

Quizá sea una señal del destino. Eso pensé cuando en el altar no entraba mi sobrino con los anillos.

Quizá sea una señal del destino. Pensé también cuando a mi madre le costó trabajo de más subirme la cremallera del vestido.

Quizá sea una señal del destino. Pensé, ya por última vez, al verlo titubear al dar el “sí quiero”, mientras miraba de refilón a mi vecina Marina.

Quizá todo sea una señal del destino para abandonar. Aunque eso acabe con mi reputación. Pero ya era tarde, muy tarde. Ahora, lo único que podía hacer era cumplir mi deber como esposa, y dejar de lado mi dignidad como mujer. Podía culparlo y odiarlo todo el resto de mi vida, aferrarme a la idea de que solo un mal hombre podría hacer eso: enamorarse de una mujer y casarse con otra. Pero la realidad era muy distinta a esa. Él no era un mal hombre. Él solo había caído rendido a los pies de una mujer que no podía tener, y yo había caído a los suyos sin saber que su corazón ya le pertenecía a alguien más.

 

Escuché unos pasos. Su voz grave sonó por toda la habitación.

-Hola, Alicia. ¿Está la cena lista?

-Hola, cariño- dije mientras ponía un plato de sopa frente a su silla. Una vez sentado, me permití mentirme y le abracé por detrás. A veces me daba pena a mí misma, pero muy en el fondo sentía admiración por ser capaz de callar, mirar al cielo y evitar las lágrimas para que él no las viera. Tan pronto como hundí mi nariz en la camisa que le regalé por su cumpleaños, me llegó el olor a leña de una chimenea que no teníamos. Él torció la cabeza y besó mi frente con culpabilidad.

 

Diez años más tarde del día en el que pensé en si todos esos detalles eran una señal del destino, se legalizó el divorcio en España. Vi cómo intentaba ocultar una pequeña sonrisa de alivio al leer la noticia. Esta vez, no pensé en que quizá era una señal del destino. Esta vez, pensé: “ahora que eres libre, tómame o déjame”.

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