Un cuento de Carmen Mª Guerrero Molina. Febrero´26.
“Al volver a casa, tengo que hacer los deberes. También me gustaría ir a casa de la vecina a jugar ¿Puedo, mamá?”. Mi madre tiraba de mi brazo con fuerza. Había ido a recogerme al colegio con mi padre, me hizo mucha ilusión, nunca antes habían venido a buscarme. Llevaban maletas en la mano, creo que me iban a dar una sorpresa, quizá nos íbamos a la playa. Eran principios de septiembre, pero no habíamos ido a ningún sitio ese verano. Mis padres se comportaban de manera extraña desde mediados de julio, ahora entendía que probablemente era por el viaje a la playa. “Sí, hija, lo que tú quieras, pero ahora, por favor, corre un poco más rápido”. Mi madre me respondió con la voz algo entrecortada. La oía murmurar cosas con mi padre sobre que teníamos que salir de ahí lo antes posible, que cómo se le ocurría invitar al vecino a casa sabiendo cómo estaban las cosas, que ese hombre siempre se iba de la boca por mantener su seguridad. Yo poco entendía, quizá pensaba que el vecino me había dicho algo sobre la sorpresa. Quise convencerla de lo contrario, no quería que mis padres se pelearan. “Mamá, ¿a dónde vamos?”— dije intentando dejar claro que a mí nadie me había mencionado la sorpresa. “Vamos a un sitio mejor, cariño, por eso hay que correr un poco más, ¿vale? Para poder ser los primeros en llegar”. Íbamos cada vez más rápido, mis padres mostraban una expresión cada vez más aterrada en sus rostros, notando las miradas sobre nosotros. Desde ese día no puedo dejar de pensar en ese momento, en cómo pude ser tan ilusa. Estábamos cerca, tan, pero tan cerca… lo recuerdo como si lo pudiese tocar con la punta de los dedos. A punto de subir al carro para llegar a Francia, a mi soñada playa, al lugar mejor del que hablaba mi madre. A punto de salvar nuestras vidas. Mi padre fue subido a otro carro. Él nunca llegó a Francia, ni a la playa ni a ningún otro sitio más lejos del campo de concentración de Horta. Vimos cómo todas esas miradas que sentíamos sobre nosotros abucheaban a mi padre y al resto de hombres en ese otro carro. Vimos como todas esas miradas le arrebataban la dignidad a hombres que solo buscaban libertad para ellos y su país. El tiempo pasó, mi madre y yo seguimos como pudimos nuestra vida, seguimos yendo al mercado, lavando la ropa en la orilla del río… Todo siempre con una sonrisa fingida, sintiendo los hombros un poco más pesados por la falta de mi padre. En 1947, mi padre fue libre, pero solo libre de las rejas del campo de concentración, salió para ser preso de un régimen que se asemejaba a una cárcel de alta seguridad. Nunca nos contó nada de lo que vivió ahí dentro, pero nunca volvió a ser la misma persona. Por eso, hoy intento hacer justicia, que la memoria democrática perdure, que tengamos claros los derechos humanos y la manera en la que el fascismo los oprime, que haya conciencia política. Y, sobre todo, intento que todos sean conscientes de que una dictadura nunca debería ser deseada, su imagen nunca debería ser limpiada y nunca, bajo ningún concepto, debería ser olvidada.
Porque quien olvida su historia está condenado a repetirla.
